El viaje sin final: migrar ya no garantiza llegar

El viaje sin final: migrar ya no garantiza llegar

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El muro ya no es solo físico. Para miles de migrantes en América Latina, el verdadero obstáculo está en las rutas cada vez más letales y en las políticas que los frenan antes incluso de llegar a Estados Unidos. Desde la selva del Darién hasta las ciudades fronterizas del norte de México, el tránsito se ha convertido en un laberinto de bloqueos, violencia y desesperación.

Según organizaciones en terreno, hay un cambio preocupante: ya no solo se trata de cruzar fronteras, sino de sobrevivir a un sistema que parece diseñado para agotar cada intento. En países como México, Panamá o Guatemala, los operativos de contención han aumentado, muchas veces con apoyo o presión de Estados Unidos, lo que ha creado nuevos puntos de congestión migratoria donde la ayuda humanitaria no alcanza.

Los migrantes, provenientes en su mayoría de Venezuela, Haití, Cuba, y países centroamericanos, denuncian abusos físicos, extorsiones y largas detenciones. Muchos deben pagar sobornos para seguir avanzando, y quienes viajan con niños enfrentan el dilema de continuar o arriesgar su integridad en campamentos improvisados o estaciones migratorias colapsadas.

“Me dijeron que la ruta era peligrosa, pero no sabía que también me iban a encerrar sin razón”, cuenta una joven venezolana que quedó detenida en el sur de México tras recorrer más de mil kilómetros a pie. Casos como el suyo se repiten por cientos, en un sistema que falla en dar respuestas claras, pero es muy eficiente en frenar el paso.

El sueño americano ya no empieza en la frontera con Estados Unidos, sino mucho antes, en las políticas migratorias de toda la región. A cada paso, los migrantes enfrentan controles más estrictos, falta de acceso a asilo, o cambios normativos inesperados que los obligan a retroceder o esperar indefinidamente.

Mientras tanto, la presión sobre comunidades de acogida y albergues humanitarios aumenta. En ciudades como Tapachula o Ciudad Juárez, los recursos se agotan y la tensión crece. Y mientras el destino final parece más lejano, muchos quedan atrapados en una especie de limbo, sin poder avanzar, ni regresar.

Este fenómeno evidencia que la migración regional se ha transformado en una crisis prolongada. Si no se abordan las causas estructurales —como la violencia, la pobreza y la falta de vías legales— la frontera más peligrosa no será la del norte, sino la de la indiferencia ante el sufrimiento humano que sigue creciendo en el camino.

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