En un momento en que el mundo parece endurecerse frente al sufrimiento ajeno, Leonila Vázquez Alvízar, fundadora del colectivo Las Patronas, nos recuerda que la humanidad puede nacer de un acto tan simple como compartir el pan. Este 13 de abril, su corazón dejó de latir, pero su legado late con fuerza en cada migrante que fue alimentado por sus manos generosas. Durante más de tres décadas, esta mujer campesina de Veracruz se convirtió en símbolo de solidaridad, lanzando víveres a quienes viajan colgados del tren conocido como La Bestia rumbo al norte.
Las Patronas surgieron en 1994, cuando Leonila y sus hermanas respondieron a gritos de hambre lanzando pan y leche desde el borde de las vías. Lo que empezó como un gesto espontáneo se transformó en un movimiento que ha alimentado a decenas de miles de migrantes centroamericanos. Gracias a su labor, recibieron múltiples reconocimientos, como el Premio Nacional de Derechos Humanos 2013 y una nominación al Premio Princesa de Asturias de la Concordia.

El colectivo anunció su fallecimiento con un emotivo mensaje en redes sociales: “Su sabiduría y humanidad ha quedado impregnada en cientos de personas de México y el mundo. Nos duele su partida, pero su misión en esta tierra ha sido cumplida”. La noticia ha conmovido a defensores de derechos humanos y comunidades migrantes que encontraron en ella una esperanza entre el hambre y el miedo.
Hoy, Las Patronas enfrentan el reto de continuar sin su fundadora, pero con el impulso de su memoria. Con más aliados y recursos que nunca, el grupo se ha fortalecido, llevando asistencia médica, alimentos y consuelo a quienes cruzan un país en busca de vida. Aunque Leonila ya no esté físicamente, su espíritu solidario sigue ardiendo en las cocinas donde se preparan las mochilas con arroz, frijoles y agua.
En un mundo marcado por la indiferencia, la historia de Leonila Vázquez demuestra que el amor puede hacerse costumbre. Que desde un pequeño pueblo de Veracruz, una mujer puede cambiar el destino de miles. Y que cuando el tren vuelve a rugir, la compasión aún tiene quien le lance pan.
